Carlos Zanón - Poesía: Rock’n’roll
Rock’n’roll
Editorial 66rpm Edicions
Prólogo de Luis Boullosa
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  • RALEIGH DE TRES MARCHAS
    Déjame volver, mami, por favor,
    déjame, mami que ya no estás,
    que te fuiste, que te mataron,
    déjame irme para volver, para cantarte
    con el pelo grasiento sobre el piano,
    que para qué seguir,
    a qué tanto tesón, tanta fuerza
    aguantando las cadenas de un sueño.
    Otros gritan a las muertas
    sobre el carrillón de las campanas,
    bajo ruedas de coches, entre las vías
    de trenes y canciones
    pero yo sólo quiero irme para volver
    y por eso mis piernas,
    golpeadas y desnudas,
    mudadas del rosa al azul,
    blanco hospital, negro túnel
    por Forthlin Road hasta Mather Avenue,
    radios como espadas, flechas directas
    disparadas al corazón del Destino.
    Atrás quedó Calderstone Park,
    llegando a la cima de la colina de Saint Peters,
    y allí sobre un camión
    hay un crío miope tocando una guitarra,
    cantando a la muerte sin que ni él
    ni la parca se den por aludidos,
    ni puedan dejar de mirar
    como mi Raleigh de tres marchas,
    cruza la esquina y llega a tiempo
    de detener el curso del mundo.

     

    ELLIOT SMITH
    En la nieve, las fauces dejan un rastro
    de sangre y nostalgia de sol.
    Animales hermosos beben en ríos y bares,
    andan locos cambiando besos en la boca,
    libros de dedicatoria arrancada,
    cuadernos de poemas
    a cambio de rayas de cocaína,
    viajes al lavabo de dos en dos.
    La ciudad es una habitación de asfalto
    en el que deambulan en su exilio
    reyes y astronautas
    desconectados de reinos y naves,
    de madres regentes, soldadesca
    y todas las canciones de amor
    que la MTV programe en San Valentín.
    Uno se pregunta por qué, cómo pudiste hacerlo.
    Una muerte tan dolorosa, tan cruel,
    Elliott Smith, a cuchillo y tripa,
    ¿a qué tanta barbarie? ¿Cuál era el mensaje
    en el interior de esa postrera melodía?
    Anoche la tormenta sacudió el pueblo.
    Las olas llegaban furiosas y elevaban sus penachos,
    sus encabritados cascos de guerra
    contra rocas y playas y más allá,
    atravesaban carreteras y casas.
    Sobre las alfombras las fieras feroces,
    se desplomaban dormidas,
    con los dientes de nieve ensangrentados
    y la promesa incumplida de ser buenos,
    de no engullir caperuzas rojas
    ni derribar casas de madera y heno,
    de no secuestrar vírgenes para atarlas a piras,
    a vidas no vividas, a hijos de otros,
    a la maldición del tiempo que se olvida
    a medida que convoca la furia del silencio,
    del estar y, en un cerrar los ojos, ya no estar.