Carlos Zanón - Fauna Zanón: Amor de verano
La Vanguardia - 27.08.2020
Amor de verano

Para poder ir al encuentro del amor de verano debías desalojar, previamente, al amor de invierno. Junio era el mes de las dudas sobrevenidas, de darse un tiempo, de la falsa reflexión. Julio, el mes de la traición y la ignominia, y agosto, el de la consumación, la espera o el frenesí. La de novias que se de­jaban partir a finales de julio a bordo de motos, tractores, coches y aviones. Todas ellas con su correspondiente ejemplar de Murakami. La de novias que le dejaban a uno en parecidas fechas al pie de coches, calesas, trenes y helicópteros con el correspondiente disco de Los Planetas sonando en el coche.

Antes de la mutación digital, el amor se transmitía por teléfono, postal, carta o amigo correo que solía devenir en espía doble y Polonio muerto a mitad de verano. Uno hacía colas en cabinas telefónicas con monedas sudadas en las manos, recibía cartas semanales manuscritas de treinta folios en las que se te explicaba el día a día de una aldea gallega. También llegaban silencios sospechosos, mensajes escritos en códigos cifrados desde apartamentos en la costa que uno trataba de descifrar para saber si todo iba bien o algo empezaba a ir mal. Había un territorio enorme en la imaginación entre lo que pasaba y lo que uno creía que podía estar pasando. Secretos, añoranzas y mentiras a ritmo de marea lunar. Una postal con un mensaje de amor te podía salvar el mes. Una llamada de ruptura con las monedas agotándose tenía hechuras del mejor Hitchcock.